Relatos cortos: Las últimas navidades en la casa vieja

El día de Nochebuena, de camino a casa de mis padres, hice un par de paradas en los bares del barrio para coger fuerzas. Un mal endémico en mi familia. Somos unos cobardes borrachos hijos de puta. No lo podemos evitar.

Mamá murió hace casi seis años. Un día se metió en la cama y no volvió a despertar. Cuando nos dimos cuenta la vimos ahí, con ese gesto complaciente y una pequeña sonrisita… todo tiene un límite. No puedo hablar más.

Papá fue boxeador de joven, y al final le pasó factura. Al principio confundía mi nombre y el de mis hermanos, poco a poco se le olvidaba los nombres de sus yernos y nueras, y acabó por despertarme a patadas porque era un ladrón que había entrado en su casa a despojarle de sus bienes. Un labio roto y las costillas un poco magulladas no eran para tanto, pero no volví a dormir tranquilo en casa. Un par de semanas después tuve que salir corriendo cuando comenzó a perseguirme por todas partes con un cuchillo.

Cada vez que le daba amnesia, se volvía violento. En consenso con mis hermanos, decidimos meterlo en un centro de día. Por fortuna, y aunque suene cruel, Dios tuvo a bien llevárselo a su diestra sin haber pasado un año. Una hemorragia cerebral mientras dormía. Era triste, pero en poco tiempo hubiese agotado su patrimonio por completo, y los recursos de la familia no hubiesen podido hacer frente a los gastos. Estaría muerto antes de ver a mi padre en una sórdida residencia, de esas que los tienen todo el día vegetando en la cama.

Esto fue en julio, y estábamos en navidad. Ese testamento era fácil. Sólo había algo de dinero en la cuenta, la casa y un Peugeot 405 destartalado. Llamamos a un tasador, que dio un precio por la casa como si fuese una mansión en La Moraleja de Madrid. Estábamos en un punto muerto.

Pusimos la casa a la venta, a través de una agente inmobiliaria. El precio era irrisorio. La crisis había pegado duro, y nada valía nada. Del coche ni hablamos. Valía más una consola nueva que ese pedazo de chatarra.

Después de unas cuantas reflexiones –en eso mis cuñados siempre eran unos pensadores-, decidieron que yo me quedara en la casa pero que les pagara un alquiler. Antes he dicho que en mi familia somos unos cobardes, no idiotas. Estar en esa casa no me hacía ni pizca de gracia, y mucho menos si mi cuñada iba a ser mi casera. Para irme de alquiler, tenía toda la ciudad. La crisis facilitaba muchas oportunidades por ahí. Así que la casa se quedó vacía, con las cosas de mis padres pero desocupada. Mi hermana y mi cuñada decidieron donar la ropa y el menaje, y sólo conservaron algunas fotos y un puñado de recuerdos.

Estaba pensando en eso, notando como las tripas se me revolvían debajo de la piel, mientras trasegaba un pelotazo en un bar que había a unas manzanas de casa de mis padres. A espaldas del resto de la familia, mis hermanos habían ido cada uno por su cuenta a un par de abogados, a consultar cómo quedarse con lo máximo posible. Mi hermano quería vender su parte a un precio de mercado pre-crisis y obligarnos a comprar. Mi hermana quería obligarnos a vender a un precio irrisorio y quedarse con todo, para poder especular.

Pero, como he dicho, en esta familia somos unos cobardes. Nunca plantar cara manifiestamente, nunca discutir. Sonreímos y bromeamos a la cara, despellejamos sin compasión por la espalda. Después de confirmar noticias como esas, hicieron una invitación para cenar todos juntos en la casa familiar probablemente por última vez.

Miré el reloj. Las ocho y media. Buena hora para dejarme caer por allí. Atravesé un pequeño parque, haciendo una última parada en un bar para tomar un escocés. El líquido aún iba hirviendo en la boca de mi estómago mientras caminaba, ya tocado por el alcohol, hacia casa. El parque estaba rodeado por unos soportales de un bloque residencial a un lado, y el lateral de un gigantesco pabellón propiedad de la administración pública. En el lado del pabellón, la gente de mal vivir rompía las farolas y se apelotonaban allí. Por eso la ruta siempre era por los soportales. Aventurarse en medio de la oscuridad era demasiado arriesgado.

Por mucho que intentaba caminar recto, iba dando tumbos. Ya estaba cocido. Sonreí con cinismo y seguí caminando. De pronto, un par de tipos se me pusieron delante, como si hubiesen salido de la nada.

-¡Lo que tengas, vamos! –eran un par de yonquis. Muy jóvenes. No creo que habrían cumplido los veinticinco. Vi un destello en la mano del que me había gritado. ¿Llevaría una navaja?

-Venga, hombre, que es Nochebuena…

-¡Vamos!

Al hurgarme los bolsillos se me pasó la melopea de repente.

-¿Puedo quedarme la cartera?

Los dos se quedaron de muestra.

-Sólo llevo esto –les di los billetes-. El resto es documentación y fotos de mi familia que no me gustaría perder.

-El reloj –parece que aceptó asintiendo-, el móvil… todo, vamos, ¡ya!

Vacié mis bolsillos y salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Como dos fantasmas. Desaparecieron de delante de mis ojos. Pero antes reconocí algo que hizo que se me revolviera el estómago.

Llegué a casa temblando. Después de un par de apretones de manos y otro par de besos, me despojé de la chaqueta y fui al baño. Por suerte, mi cuñado había traído un video de un viaje de negocios y lo estaba explicando a voz en grito, así que me arrodillé ante la taza, y vomité con todas mis fuerzas. Era una amalgama líquida multicolor. Me pareció ver trazas de sangre. Me lavé la boca con fuerza e hice gárgaras con un poco de colutorio, para ocultar el hedor.

Mi hermana había hecho cordero. Lo odio a muerte, y lo sabe, pero me lo sirvió con una sonrisa. Mi cuñada preparó picoteo. Gambas, langostinos, tartaletas, pimientos rellenos, croquetas…

Picoteé aquí y allí, regándolo con abundante escocés –mi padre y yo compartíamos gustos-, y sonriendo por compromiso a los chistes nauseabundos de mi hermano.

Sacaron de refilón el tema de la casa, y reprimimos nuestras opiniones muy razonablemente en pos de una sana conversación. Finalmente, todos decidieron que lo ideal era esperar a tener una buena oferta, vender la casa y repartirnos el dinero. Mi hermano hizo un comentario sobre su economía, algo así como que no necesitaba el dinero porque no tenía a nadie que mantener, y por ende me metía a mí en esa opinión, porque estoy soltero y no tengo hijos.

Y aguanté. Vuelvo a repetirlo. Somos unos cobardes. Pero tenía casi medio litro de valor escocés de alta gradación corriendo por mis venas, así que me puse en pie. Todos me miraron abochornados.

-Hoy levanto mi copa –anuncié a voz en grito-. Por mis padres. Dios se los llevó sin sufrimiento, lo que agradezco en el alma –levanté la vista al techo. Todos hicieron mecánicamente el mismo gesto-. También quiero brindar porque no tengan que ver lo que sois.

Si lo vieran se volverían a la tumba. Se quedaron perplejos.

-Mi hermana y mi cuñado, siempre dispuestos a darnos unas migajas y arramplar con todo –sonreí-. Y qué decir de mi hermano y mi cuñadita. Por lo que quieren vender esta casa, se puede comprar el bloque entero, y si tengo que hipotecarme para poder pagarles su parte, se la pela, porque lo importante son ellos.

Mi hermano se levantó, reprochando mis palabras pero sin hablar ni mostrarse amenazante.

-He conocido hijos de puta –balbuceé-, pero como tú… Entiendo que quieras joderme, pero eres tan sumamente egoísta que no hay nadie por el que te cortes ni las uñas.

Se hizo un silencio.

-Así –concluí-. Que hoy levanto mi copa por ti, que jodiste la vida a tu hijo hasta que acabó atracando a punta de navaja en el parquecito de los yonquis. Se hizo un silencio violento.

Mi hermano me miraba sin dar crédito, hasta que de pronto lanzó un puñetazo que me anestesió la parte derecha de la cara. Caí sobre la silla. Me repuse. Lancé un derechazo que no hizo blanco, y llegó otro puño que esta vez sí, me mandó a dormir.

Me desperté en el suelo de la cocina con las piernas sobre la silla y la cabeza peligrosamente cerca del radiador –imagino que el impulso del golpe me envió ahí-. Todos se habían ido, y la casa estaba melancólicamente vacía.

Teodoro Balsameda

Sobre Venus Editorial 28 Artículos
Somos cinco chicas que nos hemos reunido para crear una editorial y una revista divertidas y hechas con todo el cariño del mundo. Proyecto llevado a cabo principalmente por Amor Luna, Ana María, Alicia, Beatriz y Verónica.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*